miércoles, 27 de mayo de 2026

San Pedro en Villaseca de Laciana

 



Villaseca de Laciana, entre dos grupos mineros, Lumajo y Carrasconte, a la vera del río Sil, fue siempre tierra de trabajo y resistencia. Antaño festejaba el 18 de julio, pero la llegada de la democracia trajo una nueva fecha: San Pedro. Hoy Villaseca está muy menguada, pero sus leyendas e historias siguen vivas, latiendo bajo el empedrado de sus calles largas.

Fue el lugar de mi primer empleo, y por eso debo extenderme hasta donde me alcance la memoria. A la salida del tajo nos esperaba el Bar Alegría. Allí dejábamos la bota de vino para repostar, y siempre encontrábamos en un taburete al mismo parroquiano, contando su historia de siempre: “Recuerdo de rapaz que un año Jueves Santo cayó en domingo”.

Comenzaba entonces la arrancadera. Caminábamos dejando atrás la Sala de Fiestas “La Estrella”, el bar Tanín, el Cepedano, el Oriente. Al pasar el puente, una visita a la Estación, regentada por don Laureano Maceda, era obligada. Sorprendía encontrar allí las sillas atadas con cadenas al suelo: medidas de seguridad, decía. Y si llegaba alguien con prisa, le daba un duro y le decía: “Vete a la cantina del puente, que allí te despachan primero”.

Villaseca fue siempre tierra de apodos. Recibió el mayor golpe con el cierre de las minas. Hoy no queda ni el hospitalillo, ni Zapatones, ni Cajetilla, ni aquel capataz al que llamaban el Papa. Se fueron los planos inclinados, las máquinas de vapor que arrastraban vagones de carbón, los basculadores. Tampoco están Manolín el Carrero, ni Ramiro vendiendo pescado con su caballo, ni el cartero con su vespa, ni Ramos transportando carbón. El casino que la MSP construyó para calmar los ánimos mineros ahora son viviendas. El hospitalillo también sucumbió.

Villaseca es la localidad más larga del municipio. Decía Melcón que “duraba más que una semana sin pan”. A la entrada, por Babia, estaba el Fielato, para cobrar las tasas.

Hoy Villaseca es un mar de lágrimas que intenta levantar cabeza. Resulta difícil imaginar el regreso del "chirivú", aquella bebida de jarabe, vino y sifón. Pero aun así, Villaseca no renuncia a su fiesta. San Pedro sigue siendo motivo para reunirse, para recordar y para brindar con los que están y los que se fueron.

Suerte, Villaseca. Y a festejar San Pedro, como se ha hecho siempre: con dignidad, con memoria, y con corazón.

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