Villaseca
de Laciana, entre dos grupos mineros, Lumajo y Carrasconte, a la vera del río
Sil, fue siempre tierra de trabajo y resistencia. Antaño festejaba el 18 de
julio, pero la llegada de la democracia trajo una nueva fecha: San Pedro. Hoy
Villaseca está muy menguada, pero sus leyendas e historias siguen vivas,
latiendo bajo el empedrado de sus calles largas.
Fue
el lugar de mi primer empleo, y por eso debo extenderme hasta donde me alcance
la memoria. A la salida del tajo nos esperaba el Bar Alegría. Allí dejábamos la
bota de vino para repostar, y siempre encontrábamos en un taburete al mismo
parroquiano, contando su historia de siempre: “Recuerdo de rapaz que un año
Jueves Santo cayó en domingo”.
Comenzaba
entonces la arrancadera. Caminábamos dejando atrás la Sala de Fiestas “La
Estrella”, el bar Tanín, el Cepedano, el Oriente. Al pasar el puente, una
visita a la Estación, regentada por don Laureano Maceda, era obligada.
Sorprendía encontrar allí las sillas atadas con cadenas al suelo: medidas de
seguridad, decía. Y si llegaba alguien con prisa, le daba un duro y le decía:
“Vete a la cantina del puente, que allí te despachan primero”.
Villaseca
fue siempre tierra de apodos. Recibió el mayor golpe con el cierre de las
minas. Hoy no queda ni el hospitalillo, ni Zapatones, ni Cajetilla, ni aquel
capataz al que llamaban el Papa. Se fueron los planos inclinados, las máquinas
de vapor que arrastraban vagones de carbón, los basculadores. Tampoco están
Manolín el Carrero, ni Ramiro vendiendo pescado con su caballo, ni el cartero
con su vespa, ni Ramos transportando carbón. El casino que la MSP construyó
para calmar los ánimos mineros ahora son viviendas. El hospitalillo también
sucumbió.
Villaseca
es la localidad más larga del municipio. Decía Melcón que “duraba más que una
semana sin pan”. A la entrada, por Babia, estaba el Fielato, para cobrar las
tasas.
Hoy
Villaseca es un mar de lágrimas que intenta levantar cabeza. Resulta difícil
imaginar el regreso del "chirivú", aquella bebida de jarabe, vino y
sifón. Pero aun así, Villaseca no renuncia a su fiesta. San Pedro sigue siendo
motivo para reunirse, para recordar y para brindar con los que están y los que
se fueron.
Suerte,
Villaseca. Y a festejar San Pedro, como se ha hecho siempre: con dignidad, con
memoria, y con corazón.

No hay comentarios:
Publicar un comentario