domingo, 22 de febrero de 2026

RECORDANDO LOS HECHOS

 


En el Valle, la historia no se medía por años, sino por sacudidas. Cada generación recordaba los grandes acontecimientos como quien enumera cicatrices. El primero fue aquel giro absurdo de la calle principal, torcida para dar cabida a la casa de un técnico municipal que había llegado a Laciana con la construcción de la presa de Las Rozas, cuando todavía se creía que el progreso era siempre una bendición. “Que Dios nos coja confesados”, murmuraban entonces los viejos, y no sin razón.

Después vinieron los años de las fiestas suspendidas. Disputas pequeñas, casi ridículas, pero que se repetían con una precisión sospechosa: siempre en los años terminados en cinco. Aquella manía dejó heridas que nunca cerraron del todo. Aunque San Roque había sido durante siglos la fiesta de Llamas, hacía ya tiempo que la iglesia la había trasladado a la capital, como si también las devociones emigraran buscando mejores luces.

Otros acontecimientos llegaron envueltos en la palabra “democracia”. Cuando la empresa modelo anunció que se desprendería de los economatos, se convocó una votación popular. El resultado fue un no rotundo, claro como el agua del río en primavera. Pero, curiosamente, en fechas muy próximas —quizá el mismo día— el líder sindical, que luego sería alcalde, firmó la cesión de aquellos mismos economatos, como si el papel tuviera más peso que las voces.

Y por último llegaron los llamados cielos abiertos, que no trajeron luz sino despedidas. Fue el fin de la minería. Esta vez no hubo votación, ni consulta, ni asamblea: solo el silencio espeso de los pozos cerrados y el eco de un futuro que nadie había elegido.

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