En el Valle, la
historia no se medía por años, sino por sacudidas. Cada generación recordaba
los grandes acontecimientos como quien enumera cicatrices. El primero fue aquel
giro absurdo de la calle principal, torcida para dar cabida a la casa de un
técnico municipal que había llegado a Laciana
con la construcción de la presa de Las Rozas,
cuando todavía se creía que el progreso era siempre una bendición. “Que Dios
nos coja confesados”, murmuraban entonces los viejos, y no sin razón.
Después vinieron los años de las fiestas suspendidas.
Disputas pequeñas, casi ridículas, pero que se repetían con una precisión
sospechosa: siempre en los años terminados en cinco. Aquella manía dejó heridas
que nunca cerraron del todo. Aunque San Roque había sido durante siglos la
fiesta de Llamas, hacía ya tiempo que la
iglesia la había trasladado a la capital, como si también las devociones
emigraran buscando mejores luces.
Otros acontecimientos llegaron envueltos en la palabra
“democracia”. Cuando la empresa modelo anunció que se desprendería de los
economatos, se convocó una votación popular. El resultado fue un no rotundo,
claro como el agua del río en primavera. Pero, curiosamente, en fechas muy
próximas —quizá el mismo día— el líder sindical, que luego sería alcalde, firmó
la cesión de aquellos mismos economatos, como si el papel tuviera más peso que
las voces.
Y por último llegaron los llamados cielos abiertos,
que no trajeron luz sino despedidas. Fue el fin de la minería. Esta vez no hubo
votación, ni consulta, ni asamblea: solo el silencio espeso de los pozos
cerrados y el eco de un futuro que nadie había elegido.
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