Uno de los
pioneros de aquellas luchas en el grupo de Calderón era un caballista.
Manifestaba siempre el mismo sentimiento:
—Los que
suscriben acuerdos por debajo de la mesa son los que se proclaman luchadores, y
aún tienen el descaro de llamarte compañero.
Decía Ángel
que en la huelga del 64 era mentira que hubiera sido apaleado, y que las
detenciones no habían sido tales. Los veteranos mineros repetían que el
Guadiana escribiría su historia, ese era el nombre en clave de la moneda de
cambio en aquel acuerdo oculto.
Este capítulo
se cierra con más sombras que luces, pero quiero recordar algunos detalles de
sabor dulce, para equilibrar la memoria y rescatar la parte más humana de la
vida minera.
Era la hora de
salida del segundo relevo, las once de la noche, pleno invierno. En el exterior
trabajaban los embarcadores y los ayudantes, escogiendo carbón de los vagones
para alimentar la estufa que había junto al pozo. De vez en cuando acercaban a
ella sus guantes empapados, tratando de meter en calor las manos.
El lampistero
tenía encomendada la tarea de hacer cartuchos de arcilla, que usaban los
artilleros para atacar los barrenos. Una de aquellas noches frías, se acercó la
pareja de la Guardia Civil al calor de la estufa. Eran las diez y media, y
empezaban a salir los que habían terminado la faena. El lampistero ya tenía
preparada una buena partida de cartuchos de arcilla.
Al toque de
campana salió Manolo Liz, acompañado de su ayudante. Miró de reojo a la pareja
de la Guardia Civil, cogió dos cartuchos de arcilla y, con fuerza, los lanzó al
interior de la estufa.
Al ver el
gesto, los guardias, entre gritos de “¡fuera!”, salieron corriendo. Pedro, que
estaba con nosotros, exclamó entre risas:
—¡Cómo
pusieron pies en polvorosa… y eso que era solo arcilla!
Y así
terminaban aquellas noches frías: entre el cansancio, el humo del carbón y una
carcajada compartida que, por un momento, borraba la dureza del día.

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