La década de los setenta
Los años pasaron como el humo del tren que subía al amanecer por el valle.
La mina seguía siendo la misma —oscura, dura, imprevisible—, pero nosotros ya
no lo éramos. Habíamos aprendido a reconocer los sonidos del peligro, las
grietas del techo, los silencios que anunciaban algo más que cansancio.
A la salida de la mina solo esbozabas una sonrisa cuando te encontrabas con
Celestino, un señor de bigote al que todos llamaban el picador de
bigote. Siempre contaba las mismas historias:
—¡Ay, rapaz! Recuerdo un año que Jueves Santo cayó en domingo.
O aquella otra:
—Un año se me derritió el reloj segando hierba.
Frases sin sentido, pero que te arrancaban una risa cansada y te aligeraban el
camino de vuelta a casa.
Sin embargo, el aire de los setenta traía otro peso. Era una década de
grandes luchas, de huelgas interminables, de reflexiones y preguntas sin
respuesta. Los mineros empezaban a estar bien organizados, y las protestas se
volvían cada vez más frecuentes. La huelga de los cuarenta y ocho días no fue
solo una lucha: fue una grieta. Y por esa grieta se filtraron verdades que
muchos preferían mantener enterradas bajo toneladas de carbón y silencio.
La fatiga era una sombra alargada en los rostros de los hombres. Ya no se
hablaba del futuro, sino de cuánto duraría el pan en la despensa, de cuándo
volvería a rodar la fiambrera por los raíles del pozo. Cuarenta y ocho días de
huelga, cada uno más largo que el anterior. El tiempo parecía detenido, como si
el mundo entero contuviera la respiración, esperando una señal.
Yo miraba alrededor y veía la desesperanza prendida en las chaquetas
sucias, en los dedos agrietados por el frío. Lo que empezó como un grito
colectivo se fue apagando en un murmullo de reproches, de dudas, de pequeñas
traiciones.
Y, aun así, algo dentro de mí se resistía a ceder. Quería creer que lo
vivido no había sido en vano. Que cada jornada sin salario, cada discusión,
cada mirada desconfiada formaban parte de una historia más grande. Una historia
que algún día alguien contaría.
Fue en esos días de reflexión cuando se acercó a mí Manolin el “Fornelo”,
amigo y compañero de lucha. Se inclinó hacia mi oído y susurró: Esto es un
acuerdo por debajo de la mesa
—El verdadero enemigo no siempre viste uniforme. A veces lleva tu mismo
mono de faena, se sienta a tu lado en las reuniones y te llama “compañero”.
Poco después llegaron las noticias desde el Bierzo. Las palabras de Daniel
Taladrizl dirigente comarcal de CC.OO aún me pesan:
—No es santo de mi devoción…
Aquel hombre, el que había compartido tanto conmigo, era ahora una sombra.
Me dolía aceptarlo. Pero más me dolía pensar que tal vez todo había sido una
farsa desde el principio. Que su lealtad tenía precio. Que su conciencia estaba
hipotecada.
Cuando lo enfrenté, su mirada esquivó la mía. Dijo lo justo, sin emoción,
sin culpa. Y desde ese día, el silencio creció entre nosotros como una mina
abandonada: oscura, peligrosa, llena de ecos del pasado.
Los años siguieron. Las condiciones mejoraron, lentamente, como quien cura
una herida que no cierra del todo. Nadie lo decía en voz alta, pero todos
sabíamos que había sido gracias a aquella huelga. Fue una victoria amarga,
conseguida al precio de una fractura sindical profunda.
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